

Había algo inusual que deambulaba esa tarde, como brisa de mar de aroma salado y suspiros calientes en mi cuello y rostro. Los sonidos del mar para mi eran un recuerdo del papel de cada organismo en este mundo, y recordé el nombre por el cual debíamos llamar a las cosas, la sabiduría de la naturaleza se hacía presente en su forma, su organización y el trabajo de miles de años de evolución que formaban lo que el hombre se había empeñado en desacreditarle el papel de creadora de vida y arquitecta de paisajes. Un hombre sumergía la mitad de su cuerpo en el mar y con cada ola que venía venir, buscaba la manera de mantenerse inmóvil y sentirse fuerte; pero la naturaleza le recordaba que había algo mas allá de la voluntad que se había impuesto y ese inútil intento le me recordó que hay cosas que no podemos explicar y no por eso debemos llamarlas de otro nombre según nuestras creencias. Teníamos un regalo que habíamos menospreciado en el egoísmo de la existencia humana. No me pertenece, pero lo contemplo con envidia por ser su obra maestra, lo que el ser humano no podrá llegar a ser, por su constante deseo de autodestrucción; el infinito trabajo natural de la evolución.
Llamar cada cosa por su verdadero nombre. alguna vez lo escuche.
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