
Al despertar decepcionado de su entorno, miro por la ventana y contemplaba la impasible brisa de esa tarde lluviosa que se volvía enemiga de sus impulsos, obstaculizando el escape efímero de su triste entorno. Miraba desesperadamente los muebles parecían marchitos y las paredes desgastadas; puesto no encontraba descanso digno para enfrentarse a su mente que acuchillaba sus entrañas con recuerdos y dudas. El cuarto de la casa se volvía cada vez más pequeño y pareciera que se desquebrajaba el techo sobre él, el piso le calcinaba las plantas de los pies; pero ese sufrimiento era pasajero en comparación a los turbios pensamientos y los acertijos de la razón. Convencido de preferir un resfriado acogedor a la confusión tajante de una ilusión desoladora, decidió salir deprisa y sin abrigar; puesto que ya tenía tiempo sin albergar algo en el, incluso el dolor y la tristeza le habían abandonado y cualquier otro sentimiento que lo regresara al terreno humano le resultaba ofensivo y en ocasiones repulsivo. Con las gotas sobre su cuerpo inherente de su voluntad, imaginaba navajas cayendo en sus hombros, desangrándolo hasta extraer todo el líquido que lo mantenía saludable, sano, vivo y humano.
Aquella calle en picada, sin árboles ni algún intermediario entre la lluvia y su objetivo había llegado a su fin, llevando con ella un ligero río que descendía sobre sus pies volviéndolos pesados como bloques de concreto sólidos como sus emociones. Al llegar a ese callejón de casas en mal estado, de jardines secos y hierba descuidada; le brindaron la suficiente inquietud para seguir por la calle de tierra y piedras lodosas hasta el final donde por fin se alejaría de todo aquello que le avergonzaba. Con ímpetu en sus piernas y tajantes movimientos de su cintura, llego a la epifanía que se vislumbraba antagónicamente, entre nubes grises y un cálido sol destellante, petulante ante sabanas grises desgarradas y percudidas. El ligero fulgor que escapaba del cielo y abrazaba amenazadormente su cuerpo, no eran lo suficientemente intimidantes para mitigar su soledad y tristeza, mucho menos podrían extirparla; pero hipnotizado una vez que hubo dejado detrás los descuidados rastros de civilización, camino por aquella extensa planicie de arena café, solida, gruesa y agrietada que trazaba un camino desgastado por el contaste tránsito de personas, que lo guió por aquella revelación de belleza y tranquilidad; donde en el punto más elevado miraba el impasible manto turquesa que yacía frente a él y los sonidos de las olas que minutos atrás eran sórdidos y solo una ligera distorsión del ambiente, al contemplar fuerza, se escucharon con claridad callando los gritos de agonía de su memoria.
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