
El marco de la puerta me detiene, no puedo avanzar más allá del umbral de luz en el que me encuentro parado y solo te contemplo.
Minutos antes sudamos en una lucha de pasión, yo disfrutaba tu respiración acariciar mi cuerpo y tú me mirabas a trevés de tus manos, con los ojos cerrados reconocías el cuerpo que con insaciable lujuria arrebataba tu decente postura, desnudaba tu intimidad y se enamoraba de tus inseguridades. El amor calcinaba las sábanas que se deslizaban por tu cuerpo fundiéndose al mío, el sudor de tu frente como ceniza bajaba por piel y los dos ardíamos. Tú gritabas desesperada con el entusiasmo del náufrago que encuentra tierra, tu entusiasmo tensaba mis costillas que habían comenzado a estrecharse al grado de desaparecer y me asegure de tu cintura para no caer, aseguraste mis labios con un mordisco sutil que me reanimó y me dio el valor para acariciar tu cuello con una mano y saber que no habría de caer; no aun, no hasta que desaparecimos entre espasmos corporales que nos recordaron que juntos habíamos desaparecido en un estallido de clímax. Una sutil sonrisa escapo de tus labios húmedos y me dijeron que no importa nada más en el mundo; más que el breve momento que un orgasmo le brinda al ser humano.
Entre humo de cigarro y la humedad del cuarto cruzo el marco iluminado de la puerta, desnudo te miro y pienso que no hay política ni religión, solo en esta habitación podría pasar mi vida llena de estímulos parecidos y sé que mi amor esta en tu cuerpo.

